cosas que aprendí durante y después del huracán

-Guillermo Rebollo Gil

 

-Para Axel-

Que odio La Noche que volvimos a ser gente.

Que lo mejor que he leído desde el día del huracán es este grafiti: “¡Descubrí que detrás de los árboles vivía gente!” Hablando claro, el carro en que viajaba iba bien rápido y ahora, al reproducir el texto aquí, es posible que me esté inventando el final. Íbamos camino a Parcelas Hill Brothers donde vive mucha gente que perdió muchas cosas. Donde tampoco hay señal de celular para llenar las solicitudes de FEMA, así que hay una gente de la comunidad que le coge la información a otra gente de la comunidad en papeles blancos que van amontañando en manos de un muchacho en la cancha para luego pasarla en una compu con conexión a internet.

Que cuando alguna gente habla de pérdidas sonríe. Que la sonrisa supone ocupar el lugar de una excusa o explicación. Como si les hubiera sido posible detener el viento o la lluvia o el agua inundando la casa. O como si hubiera sido más conveniente deshacerse de todas sus cosas antes del paso de María. Para así no perderlas a los vientos y la lluvia y el agua que inundó la casa. O, al menos, no tener que explicar cómo y por qué las perdieron.

Que mientras más viejita la gente más cosas pierde. Aunque si alguien fuera a hacer un inventario de todo lo perdido en Hill Brothers no parecería ser tanto.

Porque no es tanto.

Es todo.

Que todo siempre podría haber sido mucho peor.  Que todo, en efecto, fue mucho peor para otra gente en otra casa, en otra comunidad, en otro municipio. Que, contrario a lo que dicen los billboards electrónicos, todo parecería estar poniéndose mucho peor para casi todo el mundo. Que quizás lo mejor para todo el mundo es que cada cual recoja las cosas que le queden para irse volando por encima del lugar que ocupaban los árboles, donde recién descubrimos que vive gente, con muchas menos cosas.

Que, de un día para otro, el pasillo del edificio donde vivo pasó de ser el lugar donde estaban todos mis vecinos todo el tiempo al lugar donde los vecinos que quedamos preguntamos por la fecha de regreso de nuestros demás vecinos. Que para ir a despedir a un vecino en el aeropuerto, los dueños del aeropuerto cobran $5 por la primera hora de estacionamiento. Que hay que despedirse bien rápido, sin pensarlo casi. Y dejar que la memoria le invente un mejor final al evento.

Que nada de esto nos hace más o menos gente. Que la gente es hermosa o es cabrona. Que algo cabronamente hermoso es haber pasado los últimos cuatro meses haciendo yoga junto a un desconocido, para entonces llegar a un pequeño centro comunal contiguo a una cancha de básquet, donde el desconocido—vestido de explorador— le canta a un grupo de niños y niñas. Que uno llora de la emoción de reconocerlo; de escucharle pedir al grupo de peques que respiren al unísono. Que uno llora también porque respirar ocupa, a veces, el lugar de sonreír cuando no encuentras nada que te provoque una sonrisa.

Que me preocupa no saber qué cosa ocuparía el lugar de un respiro, de no encontrar cómo provocarlo.

Que algunas noches son verdaderamente hermosas. Que mi cuento favorito de José Luis González es uno que nadie menciona en tiempos de apagones y/o de desastres naturales. Que, ahora que lo pienso, me temo que es un cuento de Pedro Juan Soto. O de René Marqués. Que de seguro fracasaría una prueba de pareo de obras y autores.

Así también, una de techos y casas.

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foto por guermo

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