todos los días sangro

-Beatriz Llenín Figueroa

 

Desde el 15 de diciembre (o cualquier otra fecha de este mes en que se expiren los contratos en cada Recinto de la UPR), las profes sin plaza trabajamos sin salario en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez. Todos los días sangro por la herida capitalista. Ese mismo día llegó a nuestro correo electrónico una tarjeta de Navidad de Rectoría, con todo su equipo sonriente, mostrando con orgullo un sombrero de santa cló. Todos los días sangro por la herida colonial. Dos semanas antes nos habíamos reunido con varias personas de ese equipo. La Rectora no hizo otra cosa que mostrar deferencia ante lo que sus asesores, hombres, le dirían que debía hacer. Todos los días sangro por la herida patriarcal.

Nos dicen que ya nos pagaron, por adelantado. Quieren decir que recibimos nuestro salario (a razón de $2,000 por curso, por semestre si estamos contratados a tiempo parcial, y así está la mayoría de nosotras) cuando estábamos debajo del manto de una María irreverente e implacable. (Addendum: por el bien de tantas y tantas mujeres, a lo largo de los milenios de dominio del patriarcado, yo quisiera que la irreverente e implacable fuera la otra María que nuestra cultura nos atosiga, y no un huracán.) Nadie estaba trabajando al interior de este Recinto, ni de ninguno otro, ni de ningún sitio. Por esos días, recogíamos pedazos y llorábamos. Las mujeres, de por sí las espaldas sobre las que se cierne el mayor peso de la pobreza y la inequidad, recogían más pedazos que nadie. Hoy, no dejamos de recoger pedazos y llorar. No dejaremos de hacerlo en el futuro previsible.

Malvivimos en un país despedazado, cuyas muertes son más crueles que la muerte, porque no forman parte del ciclo cósmico. Son más bien asesinatos, muertes forzadas, incluso deseadas, por el capital sanguinario, por la atroz colonia patriarcal y diversofóbica, por los dueños y los herederos, por los que mandan, por los que deciden, por los que se juntan en la junta, por los que nunca se quedaron sin luz aunque se quedaran sin luz, por los que salen del país y a él retornan porque quieren y porque lo pueden pagar y no porque no les queda de otra, por los que violan, por los que acosan, por los que prometen solo para sí y para sus amigos, por los que no encuentran por ningún lado el país al que le falta todo, pues andan en carros con cristales ahumados, en yates y en helicópteros y a ellos siempre les sobra. Porque todas estas muertes, no contadas ni en números ni en historias, son asesinatos por los que nunca nadie pagará, por eso, no terminamos el luto.

La otra noche, una mujer fijó sus ojos en los míos, cuatro ojos llenos de lágrimas, antes de decir, “estamos todos finitos.” Sí, finitos nos tiene este luto que no cesa, un luto que ni siquiera se reconoce ni se avala. Una tiene que estar levantándose o ya de pie, porque así es Puerto Rico, una tiene que estar con ánimos de navidades, una tiene que estar feliz porque el país está roto. Pero, de tan finitas que estamos no nos encontramos en el espejo. De tan finitos que estamos el tiempo no ha pasado o ha pasado todo el tiempo; no es posible saber. De tan finitos que estamos, no encontramos andamiaje alguno para colgar el dolor.

¿Acaso no sientes tú también este dolor que te tiene a tal punto finita que desvaneces?

Imagen_Todos los días sangro
De la exposición “Carlos Fajardo: el provocador. Homenaje póstumo de sus amigos artistas y estudiantes”

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